Relatos de terror

El murmullo de las sombras

José María Santa María Vázquez·7 min de lectura

Actualizado el

Ilustración de una entrada de piedra a una cripta iluminada por velas

Relato de ficción. Los personajes y los acontecimientos de esta historia son imaginarios.

Irene heredó de su madre un piso vacío, una caja de fotografías y una llave que no abría ninguna puerta conocida. La llave llevaba una etiqueta de cartón: «Archivo inferior». Al otro lado, escrito con una letra que reconoció antes de entenderla, había una advertencia: «Si oyes tu voz, no contestes». Su madre había trabajado treinta años como conservadora del cementerio. Nunca hablaba de lo que guardaban debajo de la capilla.

Durante semanas, Irene dejó la llave junto al teléfono. Después encontró una factura de electricidad del archivo, fechada dos días después del entierro. Alguien seguía utilizando aquella sala. Llamó al encargado del cementerio, que le explicó que el suministro era común y que quizá se tratara de un error administrativo. Le autorizó a recoger los papeles de su madre el viernes, antes del cierre.

La puerta bajo la capilla

La escalera comenzaba detrás de una estantería de libros litúrgicos. Irene bajó con la linterna del móvil encendida y una bolsa para documentos. Había diecisiete peldaños. Los contó porque su madre contaba siempre los escalones; decía que así podía regresar si se apagaba la luz. Al llegar abajo, la llave giró con una facilidad inesperada, como si alguien acabara de lubricar la cerradura.

El archivo olía a papel mojado y cera. Seis nichos, demasiado estrechos para un ataúd, recorrían cada pared. Dentro había cajas numeradas y pequeños sobres negros. Una mesa ocupaba el centro de la habitación. Sobre ella descansaban una grabadora, varias cintas y un cuaderno abierto. La última anotación tenía la fecha de aquel viernes. Debajo aparecía una sola palabra: «Irene».

Miró la hora. Eran las seis y doce. El cementerio cerraba a las siete. Pensó en llamar al encargado, pero el teléfono había perdido cobertura. Fotografió la página y revisó las anteriores: nombres, horas y observaciones breves. «No reconoce la habitación». «Pregunta por su hermana». «Se detiene antes de terminar». No había firmas, ni fechas de nacimiento, ni indicación de qué estaba catalogando su madre.

Ilustración de una grabadora antigua y una cinta sobre la mesa de un archivo subterráneo
Una cinta sin etiqueta espera sobre la mesa. Ilustración creada para este relato de ficción.

Una grabación que todavía no existía

La cinta de la grabadora no tenía etiqueta. Irene pulsó el botón de reproducción. Primero oyó una respiración, después el roce de una bolsa de plástico. Una mujer dijo: «Aquí no hay nadie». Era su voz. La frase sonaba cansada, muy cerca del micrófono, con la misma pequeña pausa que ella hacía antes de pronunciar «nadie». Irene dejó de respirar hasta que terminó la grabación.

Se dijo que podía ser una broma. Había enviado mensajes de voz a su madre durante años; cualquiera habría podido montarlos. Pero la cinta continuó. Se oyó un golpe seco, el sonido de una llave cayendo y una segunda frase: «He contado diecisiete». A continuación, una voz infantil preguntó desde muy lejos: «¿Y para volver?». La grabadora se detuvo sin que Irene la tocara.

En ese instante, la llave resbaló de su mano y cayó sobre el suelo de piedra. El golpe fue idéntico al de la grabación. Irene retrocedió hasta la puerta. Su bolsa rozó el marco y produjo el mismo sonido que había escuchado al principio. Comprendió que la cinta no guardaba una conversación antigua. La estaba esperando unos segundos más adelante.

Los nombres del cuaderno

Quiso subir inmediatamente. Antes de dar el primer paso, oyó un murmullo en uno de los nichos. No eran palabras completas: parecía una persona hablando dormida detrás de una pared. Alumbró las cajas. Todas tenían nombres en lugar de números. Vio el de su abuelo, el de una vecina que había desaparecido y, en el estante más alto, el suyo.

Dentro de su caja había seis cintas. La primera llevaba una fecha de cuando tenía cuatro años. La segunda correspondía al día en que había dejado la casa familiar. La última mostraba la fecha del viernes y una hora: 18:47. Irene miró el móvil. Eran las seis y treinta y uno. Bajo las cintas encontró un sobre con una nota: «No son recuerdos. Son respuestas».

Buscó una explicación en el cuaderno. Varias páginas estaban pegadas por la humedad. En una esquina, su madre había escrito: «La habitación aprende a llamar. No sabe lo que somos hasta que alguien responde». Más abajo había otra anotación, tachada con tanta fuerza que el papel estaba roto: «Creí que reconocería a mi padre. Solo reconocía la voz».

El precio de contestar

El murmullo cambió. Ahora venía de todos los nichos y utilizaba la voz de su madre. Le pidió que acercara una silla. Le dijo que llevaba mucho tiempo esperando. Después pronunció el apodo que solo usaban cuando Irene era pequeña. Ella abrió la boca. Apretó los dientes antes de emitir ningún sonido. Recordó la advertencia escrita detrás de la etiqueta.

La puerta de salida seguía abierta, pero al otro lado ya no estaba la escalera. Había un pasillo de piedra con seis nichos vacíos. Al fondo, otra puerta mostraba una línea roja bajo el dintel. Irene iluminó el suelo: junto a su sombra apareció una segunda, inclinada hacia la luz. Cuando movió el teléfono, aquella sombra permaneció quieta.

Ilustración de un pasillo de piedra con nichos vacíos y una puerta al fondo iluminada por una vela
La salida conduce a un pasillo desconocido. Representación artística de una escena ficticia.

Volvió a la mesa. La grabadora estaba encendida otra vez. Esta vez escuchó a su madre llorando: «No le devuelvas la voz aunque te diga que soy yo». La frase se repitió, más lenta, como si alguien estuviera aprendiendo a pronunciarla. Irene vio que el carrete no giraba. La cinta no estaba reproduciendo nada. El sonido salía del hueco del altavoz.

Diecisiete escalones para regresar

En el cajón encontró un segundo cuaderno, envuelto en un pañuelo. No contenía instrucciones. Contenía escenas diminutas: una merienda, un paraguas roto, el olor del abrigo de su madre después de la lluvia. Irene reconoció recuerdos que nunca había contado en voz alta. En la última página aparecía una frase: «Lo que no puedes grabar también te pertenece».

Comprendió por qué su madre escribía aquellas cosas. La habitación podía repetir palabras, pero no sabía qué las unía. Irene pensó en el paraguas: una varilla le había arañado la mejilla, y su madre había fingido que era una condecoración por sobrevivir a la tormenta. No recordó lo que habían dicho. Recordó cómo se habían reído. El murmullo perdió fuerza.

Guardó el cuaderno bajo la chaqueta y caminó hacia la puerta sin mirar las cajas. Contó diecisiete pasos. En el último, el suelo de piedra se convirtió en un escalón. Detrás de ella, su propia voz preguntó: «¿Te llevas también mi cuaderno?». Irene siguió subiendo. Cuando alcanzó la capilla, el reloj marcaba las seis y cuarenta y siete.

Antes de cerrar la estantería, sintió una mano pequeña rozándole la muñeca. Pensó en mirar hacia abajo. Allí podía estar la niña que había sido, la que su madre peinaba antes de ir al colegio, la que aún no sabía que las personas podían desaparecer. Entonces notó una diferencia: aquella mano estaba seca y fría, pero no tenía ninguna arruga. La recordaba lisa porque era un recuerdo suyo. La habitación seguía intentando adivinar el resto. Irene retiró el brazo sin ofrecerle una palabra y empujó los libros hasta ocultar la escalera.

La cinta del viernes

El encargado la encontró junto a la estantería. Le preguntó si había recogido los documentos. Irene asintió. Él miró la llave con extrañeza: el archivo inferior había quedado sellado antes de que su madre empezara a trabajar allí. No existía ninguna instalación eléctrica bajo la capilla. Le pidió que le enseñara la puerta. Detrás de los libros solo había una pared.

En casa, Irene revisó las fotografías. La página del cuaderno aparecía en blanco. Sin embargo, la bolsa pesaba más que al salir del cementerio. Dentro había una cinta marcada con la fecha de aquel viernes. No tenía grabadora, así que la dejó en un cajón. Esa noche, antes de dormirse, oyó su propia voz desde el pasillo: «Aquí no hay nadie».

Vídeo relacionado del canal

Para seguir explorando el tema de las sombras, puedes ver La verdad escalofriante sobre las sombras que ves. Es un contenido independiente de este relato de ficción.


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